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«Los preadolescentes están naturalmente predispuestos y fisiológicamente creados para exaltarnos»

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«La edad del tsunami» no puede ser otra que la preadolescencia. Ese momento en que todo se revoluciona en las relaciones familiares. También se trata del título del último libro que han publicado recientemente Alberto Pellai, psicoterapeuta de la edad evolutiva e investigador de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Milán, y Bárbara Tamborini, psicopedagoga.

¿Por qué cuesta tanto a los padres enfrentarse a esta etapa si ellos también fueron adolescentes y, además, ya saben que es difícil?

El mundo nos parece un lugar mucho más peligroso que en el pasado. Cuando nuestros hijos salen de casa somos víctimas del constante temor de que algo malo pueda sucederles, y, por esta razón, verificamos obsesivamente dónde están, qué hacen, si han llegado a su destino. Pero esto aumenta las motivaciones de los niños para rebelarse contra sus padres, porque se sienten como atrapados en una jaula, justo cuando tienen un fuerte deseo de libertad. Para tranquilizarnos, les damos un Smartphone que nosotros utilizamos como correa electrónica. Pero ese mismo Smartphone permite a los niños construirse una vida online, completamente virtual, de la que no sabemos nada y donde los riesgos para su vida emocional y su desarrollo social son infinitos. Es por eso que hoy ser un padre de preadolescentes es mucho más complejo que en el pasado.

¿Qué ocurre en el cerebro de los preadolescentes?

Las investigaciones neurocientíficas llevadas a cabo en los últimos 20 años han aclarado lo que sucede en el cerebro de un preadolescente, mostrando que en esta fase del ciclo evolutivo se produce un desequilibrio particularmente intenso entre su componente emocional (que vive de las emociones) y su componente cognitivo (que produce pensamientos y significados). En particular, el cerebro emocional se vuelve hipersensible e hiperactivo en la preadolescencia. Los preadolescentes son tsunámicos porque su funcionamiento mental está dominado por la parte emocional de su cerebro, que provoca inestabilidad anímica y cambios repentinos: en cuestión de segundos pasan de una alegría infinita a una negatividad extrema.

El cerebro cognitivo, en cambio, sigue siendo profundamente inmaduro. ¿Qué se entiende por cerebro cognitivo? Significa la parte de la mente que evalúa los pros y los contras de las situaciones, que sabe cómo planificar los tiempos para alcanzar una meta, que puede renunciar a un placer o a una emoción en aras de un beneficio más profundo o de un trabajo relevante pero menos inmediato.

De esta manera, durante la preadolescencia, el poder del cerebro emocional combinado con la inmadurez del cognitivo es lo que determina la naturaleza tsunámica de nuestros hijos, lo que los empuja a hacer todo lo posible para vivir experiencias emocionantes y enriquecedoras sin tener las habilidades cognitivas indispensables para prever los riesgos ni, en general, las consecuencias que se puedan derivar.

«La neurociencia nos dice que nuestros hijos gritan porque todavía no saben cómo controlar sus emociones, cómo regularlas, cómo calmarlas una vez que se activan»

¿Cuáles son los principales errores de los progenitores?

Por un lado, como padres, tendemos a eliminar cualquier adversidad y frustración del camino de nuestros hijos. Es por esto que nuestros hijos no están preparados para la vida y es muy probable que sigan siendo dependientes e incapaces de construir una «musculatura emocional» que les permita funcionar plenamente en la vida real. Por otro lado, solemos subestimar el impacto que algunas experiencias tienen en sus vidas y para sus vidas. Hemos sido nosotros, los padres, los que hemos puesto en sus manos a temprana edad, 9-10 años, herramientas poderosísimas, como los son los Smartphones y las tabletas, sin que ellos todavía cuenten con las habilidades para maniobrar su complejidad. Es como dar a un niño de 13 años la licencia para conducir de un Ferrari sin haber hecho siquiera una hora de autoescuela.

¿Qué consejos darían a los padres que no saben a qué atenerse para lograr una convivencia pacífica con sus hijos?

Los preadolescentes están naturalmente predispuestos y fisiológicamente creados para exaltarnos. Les hablamos y no nos escuchan. Por ejemplo, cuando intentamos explicarles algo, comienzan a alzar la voz y nos dicen que no comprendemos nada, que somos trogloditas. Asimismo, los padres tendemos a gritarles para intentar «domarlos». Sin embargo, la neurociencia nos dice que nuestros hijos gritan porque todavía no saben cómo controlar sus emociones, cómo regularlas, cómo calmarlas una vez que se activan. Por lo tanto, cuando la ira los invade, se convierten en verdaderos tsunamis.

Nuestra tarea como adultos es mostrarle cómo deben regular y calmar las emociones, controlar la ira y mantener el control en situaciones en las que es muy fácil perderlo. En La edad del tsunami, invitamos a los padres a usar muchas técnicas para manejar la ira. En una pelea con el hijo, nos parece oportuno centrarse en la regulación del tono de voz y el uso de la mirada. Mirarse a los ojos establece otro tipo de conexión, una conexión más real, humana, sensorial y emocional. La mirada, desde el nacimiento de nuestros hijos, permite la empatía, el reconocimiento de las emociones del otro por analogía con experiencias vividas. La mirada, el mirarse a los ojos, es una herramienta educativa magnífica, permite que los padres comuniquen al niño que la prohibición de algo, el «no» pronunciado para protegerlo y hacerle vivir experiencias nuevas pero no destructivas, es un límite necesario y no la anulación de su voluntad, sino todo lo contrario: es una forma de decirle te pongo un límite justamente porque te quiero.

Siempre se habla de esta edad como complicada y se hace referencia al tsunami que representa en un hogar, pero ¿que destacarían como positivo?

La preadolescencia es la fase de crecimiento en la que nuestros hijos se dan cuenta de que ya no pueden ser los niñitos de mamá y papá. Quieren sentirse importantes no solo para sus padres, sino también para sus amigos. Sienten que tienen nuevas y poderosas habilidades y quieren probarlas. Es una época que nos llena de ansiedad, pero que debería llenarnos de orgullo. Todo el «trabajo» educativo que hemos hecho para criarlos comienza ahora a dar sus frutos. Realmente se hacen mayores y piden salir de casa, moverse por el mundo.

Para nosotros, los padres, es una hermosa fase para comenzar a observarlos desde la distancia. También podemos divertirnos mucho con nuestros niños preadolescentes. Son muy buenos en todos los deportes, y cuando nos desafían y nos ponen a prueba, a menudo ganan sin problemas las competiciones en las que los involucramos (mientras que cuando eran niños, nosotros éramos los que los dejábamos ganar para que estuvieran contentos). Son viajeros extraordinarios y llevarlos con nosotros en viajes de aventura es una de las experiencias más bellas de la vida, que permanecerá en nuestra memoria emocional para siempre. Justo la semana pasada, nosotros dos, los autores del libro, llevamos a Pietro, nuestro hijo preadolescente y particularmente tsunámico, una semana a Nueva York. Fue un viaje maravilloso, para él y para nosotros: una forma de decirle concretamente que sabemos que el mundo está esperándolo. Y que estamos felices de que se lance al mundo para descubrirlo y tomar sus aspectos más bellos.