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España calma a Luis Enrique

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Hace poco más de un mes, a principios de septiembre, un montón de cámaras acudían en masa al primer entrenamiento de Luis Enrique al frente de la selección. Tenía morbo el tema, eso es innegable, y la opinión pública se debatía entre la pertinencia o no de colocar a un técnico tan vehemente, si bien es cierto que todo el mundo coincidía en la necesidad imperiosa de que se aplicara mano dura y de que se limpiara de arriba abajo una casa con demasiados vicios adquiridos.

España, al fin y al cabo, llevaba tres tortazos terribles después de empacharse de gloria y, aún irritada la junta de Luis Rubiales por el caso Lopetegui, se entregó el volante de la nave al mencionado Luis Enrique. En estos casi 40 días con el asturiano se puede asegurar, sin miedo alguno a equivocarse, que ha regresado la paz a los campos de Las Rozas, asumiendo que esta etapa no ha hecho más que comenzar y que todo es más fácil con los resultados a favor. Con ese espíritu alegre, de equipo renovado y sin conflictos aparentes, la selección viajó ayer a Cardiff y hoy juega un amistoso ante Gales que debe servir para probar y darle continuidad a las buenas maneras exhibidas ante Inglaterra (1-2 en Wembley) y Croacia (6-0) en Elche.

Será la tercera noche de Luis Enrique, al que se le atribuye, en buena parte, la gestión de la resaca del traumático Mundial de Rusia. Se escribieron cientos de artículos y se llenaron horas de tertulias analizando el carácter del asturiano, e incluso algún veterano de la Federación recelaba ante lo desconocido. Ahora, nadie desliza una mala palabra del entrenador e incluso más de uno se ha llevado una sorpresa al tratarlo de cerca, pues aseguran que no tiene nada que ver con la imagen distante, ácida e incluso a veces faltona que ha ofrecido cuando está frente a los micrófonos. En ese sentido, también hay que resaltar que de momento no se ha producido ningún incidente con los medios desde que es seleccionador, desbordante y simpático en su presentación y algo más seco en las últimas comparecencias. Pero lo dicho, sin incendios ni malas respuestas.

Hermetismo total
Lo que más llama la atención cuando se intenta sacar algo de sus métodos y de su personalidad es el hermetismo al que uno se enfrenta. Luis Enrique no concede entrevistas individuales y solo habla cuando toca rueda de prensa o bien en los palcos para la televisión de turno en los descansos de algún partido al que acude en calidad de seleccionador. Y tampoco se puede acceder a su cuerpo técnico, siendo inúltil la petición porque tampoco abren la boca por deseo del propio entrenador. De hecho, cuando se obtiene alguna frase o detalle sobre el personaje, se pide siempre preservar el anonimato.

Cuentan desde la Federación, y lo hacen con un entusiasmo evidente, que el asturiano consume horas y horas en su despacho de Las Rozas. Es una zona de trabajo diáfana, compartiendo todos la misma sala porque a Luis Enrique le encanta interactuar y escucha sin reparos y con atención a sus compañeros, aparcando el estatus de jefe para mantener contacto con la realidad. Llega sobre las 7.30-8 de la manaña y a última hora todavía sigue con análisis, vídeos y papeles.

«No se sabe cuándo se va, le echa más horas que nadie y eso sirve para que todo el mundo se aplique», relatan desde la FEF. «Pero, en realidad, Luis Enrique hace lo que hacen todos los entrenadores, no tiene nada de especial por mucho interés que despierte. Trabaja muchísimo, tiene una predisposición asombrosa y es el más exigente cuando toca», apuntan, «también es muy cercano y divertido». Sin ir más lejos, el pasado miércoles cenaba en el restaurante De María de Majadahonda junto a dos de sus ayudantes y a su íntimo amigo Iván de la Peña, y se hizo fotos con todo aquel que le reclamaba con una amabilidad exquisita y luciendo una sonrisa de oreja a oreja pese al temor con el que más de uno se le acercó para pedirle un recuerdo. Comió carne, por cierto, y sin excesos ya que cuida la dieta al máximo. Solo así, y también porque se machaca y completa sesiones muy duras en bicicleta, se explica su finísima figura.

Luis Enrique está en pleno proceso de adaptación a una vida hasta la fecha desconocida para él. Ser seleccionador no tiene nada que ver con el trajín diario de un club, pero él mismo se ha quedado perplejo por la cantidad de trabajo que conlleva su puesto. Sigue viviendo en la residencia de la Ciudad del Fútbol de Las Rozas y ahí pasa cuatro o cinco días a la semana, escapándose de vez en cuando a Barcelona para visitar a su mujer y a sus tres hijos. Con su equipo, analiza minuciosamente el calendario y se reparten los partidos en función de los jugadores a seguir.

«Lo estudian casi todo, pasan muchas horas viendo vídeos y estudian a todos los seleccionables», revelan. Además de traer a su equipo de confianza (Roberto Moreno es su segundo; Jesús Casas, el tercero; Rafa Pol es el preparador físico; Lorenzo del Pozo, el readaptador; y Jesús Casas, el psicólogo), sigue contando con José Manuel Ochotorena como preparador de porteros y mantiene línea directa con Pablo Peña y Juanjo González, analistas que le nutren de material audiovisual.

Todo marcha, también su relación con Sergio Ramos y el resto de futbolistas, y la única piedra en su mochila es la de Jordi Alba, tema que tiene su recorrido y que pocos entienden desde un punto de vista deportivo.

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